martes, junio 22, 2004

OPERACION NORCURON

Jareño al mando de la operació

Ese día todo empezó mal para Diego, primero se durmió, después no le arrancaba la moto y para colmo no funcionaban los ascensores, a pesar de ser prácticamente nuevos. Por todo esto llegó tarde al trabajo pero, aparentemente, no parecía preocuparle, subió las escaleras y recorrió el pasillo de Nefro silbando tranquilamente. Eso sí, al entrar notó que algo raro ocurría en la unidad, algo muy extraño. Lo sintió nada mas entrar, sin saber exactamente el “que”, pero algo no iba bien.
Quizás fuese el silencio, las puertas cerradas o el no haberse cruzado con nadie saliendo del turno de noche, el caso es que al llegar a la esquina del cuartito de urgencias dejó de silbar, podía ver las puertas cerradas de la sala, tampoco parecía haber nadie tomando café, y eso si que era raro, a esas horas la salita echaba humo, en todos los sentidos.
De pronto se abrió la puerta del cuartito de las empleadas, Carmen agarró del brazo a Diego, tiro de él arrastrándolo a su interior y cerró la puerta.
-¿Pero que te pasa tía? ¿Estas majareta o que?
-Shheeee, ¡que te van a oír!
-¿Quién me va a oír? ¿Te quieres ir ya tía¿ ¿Pepa que le pasa a tu compañera, se le ha subido la leche a la cabeza o que?
-A mi déjame Diego, que estoy muy asustaita, que te lo explique Carmen
–Contestó Pepa mientras fumaba sentada en el vertedero moviendo las piernas nerviosamente-.
- Mira Diego, lo que pasa es que un comando terrorista o unos criminales o yo que coño se, tienen secuestrada a toda la unidad, al turno de noche y a todos los que iban entrando del de la mañana conforme iban llegando, solo Pepa y yo hemos conseguido escapar.
-¿No te estarás quedando conmigo Carmen?
-Que no Diego, Carmen te dice la verdad, llevamos aquí metidas más
de media hora, con decirte que ni siquiera hemos tomado café.

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La situación se había hecho insostenible, llevaban casi seis horas retenidos y no parecía verse el final de esta pesadilla.
Los secuestradores irrumpieron en la unidad a las cuatro de la madrugada, todo ocurrió como en las películas americanas, armados con escopetas de cañones recortados, pasamontañas y guantes, reunieron a todo el personal en el pasillo, junto a lencería, requisaron todos los teléfonos móviles e inutilizaron todos los fijos menos el de polivalentes y el que parecía ser el jefe les dio unas instrucciones muy concisas y claras.
-Si no hacéis tonterías nadie saldrá herido, trabajareis como si nada ocurriese, no intentéis poneros en contacto con el exterior. Todo acabará a primera hora de la mañana.
Les explicó que otro comando paralelo atracaría un banco en cuanto este abriese sus puertas, lo harían sin armas, fiándolo todo a los rehenes que mantenía el primer comando. Una vez tuviesen el dinero en su poder se dirigirían al hospital y manteniendo un último rehén, huirían en el helicóptero del 061.
Si todo salía bien y nadie perdía los nervios sería un trabajo limpio y productivo.
Esa noche fue muy larga y especial, nadie llamó a los celadores y los médicos de guardia se la pasaron entera dando cabezadas delante de los monitores, cada uno en una sala.
El cabecilla paseaba constantemente de un lado a otro de la unidad controlándolo todo, relevando a sus pupilos y acompañando a los rehenes que deseaban ir al baño.
Los demás se distribuyeron por sectores, uno en polivalentes, otro en coronarias, otro en el curtito donde se preparaban las comidas vigilaba la entrada al pasillo y la puerta que daba al ascensor de urgencias y el último controlaba la entrad a la unidad desde el pasillo de la moncloa y a medida que llegaba la gente de la mañana los encerraba en ella, de tal manera que unos iban sustituyendo a otros, esa mañana entraba el turno azul. Los que trabajaron esa noche y el equipo médico fueron llenándola poco a poco.
Solo las empleadas que tiene otro horario y al darse cuenta de la situación se escondieron y Diego por llegar tarde consiguieron escapar.
En al moncloa la situación era caótica, los médicos, encabezados por el doctor Jareño, protestaban y protestaban, Ana, la secretaria, los maldecía una y otra vez–criminales, terroristas- y los salientes de la noche trataban de dormir apoyando la cabeza sobre la mesa, Joaquín “el malo” y Juan Crespo dormían en los sillones.
A Ana Rubiales ni se le pasaba por la cabeza poder dar una cabezadita, pensaba que si se dormía ahora nunca más vería la luz del día. No podía más, toda la noche en tensión, amenazada, agarraba las manos de Inma, hacía tiempo que necesitaba ir al baño pero no se atrevía a decirlo. Inma se dio cuenta y lo pidió por ella.
-Venga vamos, acércate al baño pero sin tonterías que te estoy vigilando.
Entró y allí aprovechó para llorar a moco tendido, quizás eso le hizo tranquilizarse un poco y al salir parecía más serena y segura de si misma.
Justo en ese instante algo debió ocurrir fuera, en el pasillo, se escuchó primero a alguien silbando y después un portazo. Su carcelero le ordenó que volviese a la moncloa y salió corriendo a mirar por la puerta del pasillo, la que esta justo al lado de la secretaria. Ana no lo pensó, ahora o nunca, y salió corriendo, torció a la derecha, otra vez ala derecha pasando por delante de la salita, aceleró corriendo como nunca había corrido, el corazón, como un potro desbocado parecía querer salir de su pecho, llegó a la altura de la salita de urgencias y volvió a girar a la derecha. Esperaba encontrarse de nuevo con su carcelero pero ya no estaba allí, por un momento se creyó libre, la salida estaba a unos pocos metros pero alguien gritó a su espalda:
-¡He, alto o disparo!
Era el que vigilaba el pasillo de las visitas, que también se había asomado a ver que pasaba.
A Ana el aire no le llegaba a los pulmones, jadeaba y las piernas, que antes la llevaban en volandas, ahora casi no podían sostenerla.
-Acércate, ponte cara a la pared.
Obedeció sin rechistar, los fríos baldosines calmaron el calor que enrojecía su rostro.
-¿Dónde crees que vas rubia? Parece que tienes prisa, quédate conmigo estoy muy solo en aquella esquina, ¿por qué no vienes a hacerme compañía? Yo se como calmarte, te dejaría como nueva. Creo que debería cachearte, no sea que vayas armada, alo mejor llevas algo escondido en los bolsillos del pijama.
En el cuartito de las empleadas lo escuchando todo y Carmen se estaba envenenando.
-Será cabrón, el muy canalla, como le ponga la mano encima salgo y le corto los huevos, ¿tu que dices Diego?
-Bueno, no se.
En ese momento Ana sollozó.
-Pepa, coge la fregona y sígueme, Diego calzonazos a la de tres abres la puerta, una, dos y tres.
Carmen y Pepa salieron como dos posesas fregona en mano y se lanzaron sobre el canalla, que en ese momento acariciaba el pelo de Ana, no llegó a darse cuente de lo que le venía encima. Primero le golpeó Carmen en la cabeza, haciéndole caer al suelo y allí lo remató Pepa con un certero fregonazo. Entre Diego y Carmen lo arrastraron hasta el cuartito mientras Pepa consolaba a Ana.
El que vigilaba la moncloa debió oír algo y regresó para asomarse otra vez al pasillo de entrada, entre tantas idas y venidas no echaría en falta a la persona que le faltaba.
Al oírlo, ya no pudieron escapar y sigilosamente fueron a esconderse en la salita del café.
-Menos mal, por fin podremos tomarnos un cafelito, dijo Pepa.
-Si para cafelito estoy yo, respondió Ana, lo que necesito es una tila doble, hay mamaíta que ratito más malo.
Mientras en la moncloa, el vigilante ordenó a Jareño que entrase en la sala para avisar a su jefe, quería que se diese una vuelta por esa parte de la unidad, demasiados ruidos extraños.
-No intentes nada, si de verdad eres el jefe no pongas en peligro a tu personal, limítate a darle mi mensaje.
-Esta bien, pero una vez dentro daré una vuelta, quiero animar a los que están trabajando y asegurarme que los pacientes se encuentran bien.
-Para eso pídele permiso a mi jefe, venga espabila.
Jareño entró, pero no dio el mensaje, le dijo al cabecilla que todo estaba en calma y ya que era el jefe creía conveniente hablar con el personal para tratar de que se mantuvieran tranquilos, sería mejor para todos.
Carmen Martos no tenía ni hambre, Pepi Ramos y Charo Jaime no tenían ganas ni de fumar, Matas tenía los niveles por los suelos pero si tenía ganas, Almazán y Chari se cruzaban y no se decían ni pío, Pepa Puerto cruzaba a grandes pasos la sala con una mirada asesina.
Manoli, la celadora, trató de entablar conversación con los secuestradores, su compañero Juan intentaba, en vano de impedírselo.
-Oye, ¿vosotros sois de ETA? Porque no tenéis pinta de ser vascos, más bien parecéis sevillanos, ¿tu no serás el hermano de un celador que trabaja en rayos del Rocío? Te pareces mucho.
Jareño habló con unos y con otros, todos estaban nerviosos, deseando que todo acabase de una vez, al pasar por las puertas de los vertederos las cerró mientras meneaba la cabeza masticando una regañina.
El cabecilla lo vio y le llamó la atención:
-He tú, ¿qué crees que está haciendo, quien te ha dado permiso para cerrar puertas? ahora soy yo el que manda aquí. Ciérralas inmediatamente o te arranco el bigote.
Y Jareño las cerró, pero esta vez ya no era una regañina lo que masticaba, deseaba venganza y tenía un plan.

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Tomaron café, tila y se fumaron varios cigarrillos mientras decidían que hacer, sabían que en cualquier momento serían descubiertos, no podían salir por donde se debe salir, así que decidieron hacerlo por la puerta de la terraza. Pensaron que si faltaba el que vigilaba ese pasillo, podrían llegar a su meta arrastrándose por el suelo, no los pueden ver desde las salas.
Despacito y sin hacer ruido llegaron hasta el recodo de la habitación 16-17 de coronarias, a partir de ese punto se arrastrarían hasta la terraza, pero una voz les alarmó y se refugiaron en el cuartito de la nevera. El que vigilaba las coronarias quería entablar conversación con su compañero.
-Julián, Julián ¿estas hay? ¿A que no sabes que es lo que he visto en el despachito del supervisor? Ja, ja, un cartelito del merengue justiciero, ja, ja, ja, parece ser que el súper es del Barsa, será mamarracho, como me entere quien es le vamos a cantar el himno de Madrid, ven a verlo que yo te relevo.
Diego cambió de color varias veces y terminó diciendo:
-Pepa, dame tu fregona.
Otro secuestrador probó el jarabe de fregona, ni el mejor Dórmicum conseguía un efecto tan sedante.
Mientras en polivalentes Jareño daba instrucciones sin que nadie se diese cuenta, como si tratase a los pacientes, ordenó a Juan de Dios y a Elo que cargasen jeringas con Norcurón.
-Juan, cuando te avise le inyectas diez miligramos al que está de pié junto al cuarto de la medicación oral.
-¿Cómo, donde se lo inyecto?
-¿No querrás que le cojamos una vía? méteselo por donde puedas, en el culo, en un brazo, pero tiene que entrarle todo.
-Pero y el otro, se va a mosquear.
-Déjamelo a mi, yo me encargo. Elo tu eres la segunda opción, mantente cerca de Juan por si algo falla. Vamos a hacerlo así...................
Juan se acercó a su víctima, fingiría entrar a coger algo y le pincharía por detrás. Elo caminaba cerca de él y Jareño examinaba distraídamente radiografías en el mediato megatoscopio. Cuando vio su oportunidad Juan pinchó e inyectó el Norcurón al secuestrador en un brazo, este aulló echándose la mano a donde le dolía y a los pocos segundos cayó al suelo sin sentido, pronto acudió, muy enfadado el cabecilla.
-¿Qué pasa, apartaos, apartaos?¿Qué le habéis hecho?
-Nada, no le hemos hecho nada, en mi opinión se trata de un infarto, si os habéis fijado se ha echado mano al hombro y creo que está muy mal, si no intervenimos pronto morirá.
-¿Morir? no puede morir, ahora no, doctor haga algo.
-De acuerdo, venga los celadores, tenemos que pasarlo a una cama, la uno está libre, preparad un tubo y una vía, rápido.
A los pocos segundos todo estaba controlado, pero eso no lo sabía el cabecilla y Jareño seguía pidiendo más y más cosas, hasta que por fin llegó lo que tanto deseaba.
-Lo estamos perdiendo, traed el desfibrilador.
Y cuando lo tuvo en sus manos todo el mundo se apartó, todos menos el secuestrador jefe que permanecía ignorante junto a su compañero. Los ojos de Jareño cobraron un brillo especial, una sonrisa de Gioconda malévola se dibujó en su rostro y entonces, cuando parecía que iba a aplicar varios cientos de julios al secuestrador encamado giró cuarentaicinco grados y rumiando entre dientes – conque me vas a arrancar el bigote eh- descargó toda la carga sobre el pecho del otro.
-Venga, otra cama, otra vía y otro tubo, estamos que lo tiramos señores, Ja, Ja, Ja, Ja, Ja.
Diego y su grupo andaban a mitad de su camino, más o menos por la cama nueve y al oír tantas risas y vivas se detuvieron y asomaron la cabeza para mirar, al ver lo ocurrido se acercaron a sus compañeros.
Ya solo quedaba uno, pero este bien atrincherado en la moncloa podía ser peligroso y tenía muchos rehenes, tenían que pensar algo. Si llamaban a la policía este, quizás por miedo, se valdría de sus rehenes para escapar y los pondrían en peligro.
Lo más necesario era ponerse en contacto con ellos, ¿pero como?.
Quintero, que durante todo este tiempo había estado sentado delante del ordenador, se levantó y preguntó:
-¿Se puede saber qué está pasando aquí, por que armáis tanto jaleo? se van mosquear los secuestradores.
-Los secuestradores que había en polivalentes ya están controlados, solo falta del ingreso, ahora sólo queda el de la Moncloa, pero no sabemos cómo ponernos en contacto con nuestro compañero sin ponerlo en peligro.
-Eso no es problema, podemos hacerlo a través del monitor-dijo Quintero-
-¿Pero cómo?
-Muy fácil, en lugar de ponerle un hombre un enfermo, le mandamos el mensaje, hacemos sonar una alarma y esperaremos que algún médico espabilado mire el monitor y se de cuenta.
Y así lo hicieron, pero en la Moncloa nadie parecía prestar atención a a las alarmas.
Por fin, al cabo de unos minutos el doctor Zarallo, que dormitaba delante del monitor leyó el mensaje, que decía:
-" Estamos todos libres, sólo queda vuestro secuestrador, uno de nosotros irá por la terraza y tirará chínitas a una ventana, cuando se asome tendréis que reducirlo, suerte ".
Todo sucedió tal y como se había planeado, cuando todo se vieron libres y fuera de peligro estalló la alegría, Juan Crespo y Joaquín "el malo " por fin despertaron, se avisó a la policía que esperó al segundo comando en el helicóptero con las esposas abiertas.

LA MISTERIOSA MUJER DEL PELO LACIO

LA MISTERIOSA MUJER DEL PELO LACIO



La tarde había transcurrido sin pena ni gloria y se acercaba la hora de invitar a las visitas a salir , cerrar los balances y escribir las novedades para esperar el relevo.
María, la celadora de tarde, no se demoraba ni un instante en
hacer esta parte de su trabajo, el final de las visitas era para ella un descanso casi espiritual. Pronto todas las habitaciones estuvieron libres de batas verdes y cada cual entraba en sus habitaciones para recabar la información de las bombas de infusión, drenajes y triángulos de diuresis.
Antonio con la gráfica en la mano se encaminó a la habitación numero uno y empezó a poner las bombas a cero, pero sintió algo detrás de él, como una presencia.
Su primera reacción, sabiéndose solo, fue sonreír mientras se giraba pero pronto tuvo que borrar la sonrisa de su rostro, no estaba solo como pensaba, había una mujer con una bata verde. El pelo lacio y muy negro casi le tapaba la cara, estaba de pie junto a la puerta y le dijo:
-Perdona si te he asustado.
-No, no me has asustado, es que pensaba que todas las visitas se habían ido.
-Sí en realidad ya me iba pero olvidé algo muy importante y he vuelto atrás, antes de irme necesitaba un abrazo.
-Bueno pues puedes dárselo, pero ten cuidado con el tubo.
-No a él no es, es a ti a quien quiero abrazar, es para agradeceros todo lo que hacéis por él, si no te importa claro.
No le dio tiempo para responder, se acercó a él y lo abrazó acariciándole la espalda con una mano, después de esto se marcho tan sigilosamente como apareció.
Antonio se quedó de una pieza, durante unos segundos no supo que hacer, solo cuando escucho que alguien le hablaba reaccionó, era Carmen Raposo.
-Vaya Antonio, así que dándote el lote con las visitas eh, esto se lo voy a contar a una que yo me sé, ya lo creo.
-Calla calla que no sé ni lo que ha pasado Carmen, entro para hacer el balance y de pronto me encuentro en los brazos de una mujer, ahora no creo que me vayan a salir las cuentas.
-No me extraña, después del achuchón que te ha dado. Si no llego a aparecer no sé lo que hubiese pasado.
-Tú lo has dicho, “que me ha dado” niego toda responsabilidad por mi parte, tú eres mi testigo y mi salvación, a partir de ahora cada vez que toque hacer los balances tú me acompañaras.
-Si hombre, ahora me vas a poner a mí de carabina, apáñatelas tu solo con tus ligues.
-¡Pero que ligues!, tú misma lo has visto, yo soy un pobre inocente, atropellado por los acontecimientos. Además hubiera preferido que no lo hiciera, no me ha resultado nada agradable.


Ana de Cosa apunta los controles en la gráfica de la habitación siete, el paciente está muy grave y se espera que fallezca de un momento a otro, los familiares lo saben y han querido pasar para despedirse y darle el postrero adiós.
Gloria le ha estado echando una mano, durante toda la noche no han parado pero ya no se puede hacer más, la familia se despide y amablemente les abre la puerta, vuelve a cerrar he echando el pestillo y cuando se disponía a salir alguien llama a la puerta, Gloria se vuelve con el corazón en un puño y ve a una mujer con bata verde que tras la puerta le pide paso. Le abre.
-Perdona si te he asustado pero es que quiero despedirme, será solo un momento.¿Puedo?.
-Sí, pero solo un momentito chicurri, que ya ha pasado mucha gente.
Se acerca a la cama, toca la mano del paciente y se vuelve a dirigir a Gloria.
-Gracias por todo, ya me voy.
Agarra suavemente el brazo de Gloria con una mano y con la otra le toca levemente su espalda, abre la puerta y se marcha.
Ana, que ha presenciado toda la escena, le comenta al verla acercarse:
-Estas blanca, vaya susto llevas encima.
-Susto, si señor un buen susto que me ha dado la tía esa del pelo lacio. ¿Dónde está mi bata, que me he quedado helada? ¡Que ganas tengo de que venga el relevo.
-¿Qué te ha hecho en la espalda, me pareció ver como te hacía un ocho o una cruz?
-Yo ni me he dado cuenta de me tocaba la espalda, el brazo si porque tenía las manos heladas y no me hables más de esa tía. ¿Que me ha hecho una cruz en la espalda?¡Chiquilla no me digas eso que me cago viva!


-Antonio, pásame la mantequilla y una servilleta.
-Toma Carmen Raposo y ya no me pidas nada más, que te pones muy pesadita.
-Claro ¡ pesadita! como no tengo el pelo largo, moreno y lacio no quieres nada conmigo, ¿Verdad?
-¿Cómo lacio, que tienes tú contra las que tenemos rizos? -Le dijo Isabel-.
-Si no es eso, es que el otro día tuvo un lío con una morena en la habitación uno. ¡Menudo abrazo le dio!
-Carmen, eres una chivata además no me importa, no fue nada del otro mundo.
-A ver si va a ser la misma que me quiso abrazar a mí el otro día, -dijo Isabel- también tenía el pelo negro y lacio, pero me dio yuyu, porque yo soy medio bruja y le dije que tenia las manos sucias, no me gustó a mí esa muchacha.
Además no valía nada, yo soy mucho más mona que ella, tengo mejor tipo y mi pelo es más bonito.
-¿En que habitación era?
-En la uno, a la hora de las visitas, tu estabas merendando y entré porque una bomba pitaba.
-Pues ahora que lo comentáis, Ana de Cosa, en el relevo, me ha contado que una chica con las mismas características la ha dado un susto de muerte a Gloria en la cama siete, donde ha habido un éxitus esta noche.-Comentó Yayo- Esto va a ser cosa de brujería, dice que la ha hecho una cruz en la espalda con la mano y que al salir de la habitación Gloria estaba blanca y helada.
-¿Una cruz dices? Carmen, tu que viste como me abrazaba. Noté que me acariciaba la espalda, ¿Qué me hizo?
-No fue una cruz, creo que era como un ocho.
-Si un ocho, eso también lo ha dicho Ana, un ocho o quizás una cruz.
-Carmen, ¿Qué me hizo?
-Un ocho, pero tumbado.
-Tumbado, ese es el signo matemático de infinito.
Cuando todos oyeron esa palabra callaron durante unos segundos, el infinito infunde mucho respeto, masticaron en silencio sin atreverse a mirar a los ojos de los demás, algo pasaba y no tenía explicación lógica. Antonio pensaba tratando de atar cabos. Carmen se decía a si misma que iba a hacer todo lo posible para no entrar en las habitaciones sola, por lo menos en las noches. Yayo discurría la forma de darnos un buen susto a la primera ocasión. Isabel dijo:
-Pues a mi no me da miedo, la próxima noche vengo con mi pelo lacio y si se presenta la tía esa veremos a ver quien esta más guapa.


Juani y Charito están en coronarias, el paciente de la habitación 15 acaba de ingresar y ha sufrido una parada nada más pasarlo a la cama, se reanima pero sigue muy mal, sin tensión, en anuria y el electro no es muy esperanzador.
Juani a llamado Antonio porque quiere que le configure algo en el monitor, mientras él entra y sale de los menús ella purga un suero pero no se da cuente de que lo está haciendo sobre el pie de Antonio, cuando este nota el líquido en su pie le dice:
-Juani, ¿Tu me quieres?
-Que si te quiero, pues claro chiqui, yo quiero a todo el mundo.
-No, tú ya no me quieres, o por lo menos no como antes, presiento que lo nuestro ha terminado.
-¿Pero que dices? Yo siempre te querré.
-Y si de verdad me quieres ¿Porque me estas mojando el pie?¡Eh!
.Perdona es que estoy muy nerviosa, ahora te explico.
Y mientras esto ocurría, Charito curó la vía periférica que el paciente tenía en la mano izquierda, le tomó la tensión con el manguito automático en el brazo derecho y con el de pared en el izquierdo, estiró la sabana bajera tirando primero por arriba y después por los pies, mandó a la auxiliar a por dos o tres cosas, llamó a los celadores, lavó al paciente, dio un empujón a Antonio cuando fue a coger el termómetro y riñó a Juani porque lo estaba poniendo todo perdido.
Después de esto Antonio decidió irse.
-Bueno el monitor está hecho un desastre, no puedo hacer nada más así que me voy a ver a mis enfermitos.
Pero Juani lo retuvo a la altura del ordenador.
-No te vayas Antonio, quédate por lo que más quieras.
-Es que tengo cosas que hacer y el monitor ya has visto que no se puede hacer nada.
-Si a mi el monitor me da igual, es que desde que me contasteis lo de la mujer esa que se aparece en las habitaciones de los moribundos estoy cagaita de miedo, me siento más segura contigo que con Charito.
-Pues estas muy equivocada, a la hora de la verdad a ver quien me coge, corro que me las pelo.
-¡Ay mamaíta!
-¿Qué te pasa Juani?
-En la habitación, Charito está hablando con una muchacha, lleva una bata verde.
Nuestra primera reacción fue escondernos detrás del machaca, pero ya nos había visto y sabía que la conocíamos, con un ligero movimiento de su mano, pasándola por delante de la cara de Charito, esta quedó como paralizada. Después, mirándonos fijamente a los ojos para asegurarse que la observábamos, pasó la mano por la espalda de Charito dibujando lentamente un signo de infinito.
Y por fin, nos habló:
-Si es el infinito, quiero vivir infinitamente,¿Vosotros no?.
Juani se escondía detrás de Antonio, pero en cuanto se descuidaba, él la agarraba por los hombros y la ponía por delante, así una y otra vez iban turnándose. Juani se atrevió a preguntarle:
-¿Eres la muerte?
-No, pero soy su rémora, tengo que quedarme con las migajas, pronto vendrá y reclamara su parte.
Cuando alguien va a morir parte de su energía vital, su alma, se va deshaciendo y las personas que están cerca la absorben y yo me alimento de eso.
Ahora me marcho, ya estoy satisfecha, hasta otro día.

¡QUE NOCHE MAS MALA!

La niña de la pelota

La noche había continuado como el resto del día, desapacible por la lluvia intermitente y las ráfagas de viento helado, la abundancia de nubes no dejaba pasar la luz de la luna.
No obstante, Carmen conducía ajena a todo esto, solo pensaba en las diez horas de trabajo que le quedaban por delante, llegó al aparcamiento del hospital con el tiempo justo y se alegró al encontrar un hueco donde dejar su coche no muy lejos de la entrada a los vestuarios, ya que la iluminación dejaba mucho que desear.
Después de cambiarse, subió sola en el ascensor y oprimió el el botón de la planta primera, pasaron unos segundos sin que nada ocurriese, el ascensor parecía estropeado, cosa muy habitual, lo volvió a intentar, esta vez hubo respuesta, primero un apagón de dos segundos, después un fuerte traqueteo y por fin empezó a subir renqueante a su destino.
Paco y ella recogieron el relevo a las enfermeras del turno de tarde y se acomodó en la mesa delante de los monitores dispuesta a revisar los tratamientos de su turno. Mientras, Paco revisaba las habitaciones, charlaba con su compañera Rosa, la auxiliar que les acompañaba esa noche.
Sus pacientes eran coronarios agudos y estaban todos controlados, por lo que parecía que la noche se presentaba tranquila, aunque, como solían decir entre ellas- Con los coronarios nunca se sabe-.
Pasado un rato bajaron la intensidad de las luces para que los pacientes descansaran, los controles estaban tomados y registrados, con lo que podían ir pensando en salir a tomar el primer café de la noche. Lo hicieron en dos turnos, con lo que Paco se quedó solo esperando a que sus compañeras regresaran. A los pocos segundos este sintió frió y se puso una bata, pensó que a lo mejor estaba incubando un resfriado ya que no era normal en él, no se consideraba un friolero.
Al cabo de unos minutos Carmen y Rosa regresaron y se sentaron. Ya solas, escucharon una voz de mujer, muy tenue, cercana pero apagada:
-Mari Carmen, Mari Carmen-
Se miraron una a la otra primero y después a su alrededor, los pacientes estaban dormidos, las habitaciones, acristaladas, permitían ver su interior, Rosa, sin decir nada, se levantó para acercarse a la única mujer que tenían esa noche y efectivamente, esta dormía profundamente.
Volvió a sentarse, se miraron pero siguieron calladas, de nuevo las dos escucharon:
-Mari Carmen, Mari Carmen-.
-¿Tú lo has oído?.- Preguntó Carmen.
-Si- Le respondió Rosa.
De pronto Carmen dio un respingo, se levantó de la silla tan bruscamente que casi se cae.
-¿Qué té pasa?- Le preguntó Rosa.
-¡Me han tocado el pelo, alguien me ha tocado el pelo por detrás, además, aquí todo el mundo me llama Carmen, solo mi familia me llama Mari carmen!.
Tal y como había amenazado todo el día, estalló la tormenta, un relámpago iluminó la claraboya sobre sus cabezas, en ese instante todas las luces se apagaron y en el preciso momento que sonó un espeluznante trueno, Paco regresó de tomar café. Solo las luces de emergencia iluminaban la sala, dejando ver su silueta varonil. Ellas al verlo corrieron hacia él.
-¿ Pero que cojones pasa aquí?- Preguntó Paco al verlas acercarse.
Le explicaron, con la voz entrecortada, lo ocurrido agarrándolo cada una de un brazo.
-Queréis soltarme los brazos, me vais a dejar.......
No pudo terminar la frase, Carmen y Rosa, que lo miraban a la cara, vieron como esta se le desencajaba, la boca abierta y los ojos fuera de sí, fijos en una dirección, la habitación numero trece.
La puerta empezó a abrirse lentamente y por ella empezaron a salir luminescencias con forma humana, primero una vieja que arrastraba una pierna llena de llagas que repetía sin cesar:
- Ponerme la cuña, ponerme la cuña-
Después un señor con un catéter colgando de la ingle, que preguntaba:
-¿Por qué no me mediste la presión venosa?
Y por último una niña de trenzas rubias, que botaba y botaba una pelota; todos se fueron lentamente hacia el cuñero, pero la niña se detuvo frente a ellos y les dijo:
-Las noches de tormenta son ideales para viajar al más allá, ¡buena guardia¡.