OPERACION NORCURON
Ese día todo empezó mal para Diego, primero se durmió, después no le arrancaba la moto y para colmo no funcionaban los ascensores, a pesar de ser prácticamente nuevos. Por todo esto llegó tarde al trabajo pero, aparentemente, no parecía preocuparle, subió las escaleras y recorrió el pasillo de Nefro silbando tranquilamente. Eso sí, al entrar notó que algo raro ocurría en la unidad, algo muy extraño. Lo sintió nada mas entrar, sin saber exactamente el “que”, pero algo no iba bien.
Quizás fuese el silencio, las puertas cerradas o el no haberse cruzado con nadie saliendo del turno de noche, el caso es que al llegar a la esquina del cuartito de urgencias dejó de silbar, podía ver las puertas cerradas de la sala, tampoco parecía haber nadie tomando café, y eso si que era raro, a esas horas la salita echaba humo, en todos los sentidos.
De pronto se abrió la puerta del cuartito de las empleadas, Carmen agarró del brazo a Diego, tiro de él arrastrándolo a su interior y cerró la puerta.
-¿Pero que te pasa tía? ¿Estas majareta o que?
-Shheeee, ¡que te van a oír!
-¿Quién me va a oír? ¿Te quieres ir ya tía¿ ¿Pepa que le pasa a tu compañera, se le ha subido la leche a la cabeza o que?
-A mi déjame Diego, que estoy muy asustaita, que te lo explique Carmen
–Contestó Pepa mientras fumaba sentada en el vertedero moviendo las piernas nerviosamente-.
- Mira Diego, lo que pasa es que un comando terrorista o unos criminales o yo que coño se, tienen secuestrada a toda la unidad, al turno de noche y a todos los que iban entrando del de la mañana conforme iban llegando, solo Pepa y yo hemos conseguido escapar.
-¿No te estarás quedando conmigo Carmen?
-Que no Diego, Carmen te dice la verdad, llevamos aquí metidas más
de media hora, con decirte que ni siquiera hemos tomado café.
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La situación se había hecho insostenible, llevaban casi seis horas retenidos y no parecía verse el final de esta pesadilla.
Los secuestradores irrumpieron en la unidad a las cuatro de la madrugada, todo ocurrió como en las películas americanas, armados con escopetas de cañones recortados, pasamontañas y guantes, reunieron a todo el personal en el pasillo, junto a lencería, requisaron todos los teléfonos móviles e inutilizaron todos los fijos menos el de polivalentes y el que parecía ser el jefe les dio unas instrucciones muy concisas y claras.
-Si no hacéis tonterías nadie saldrá herido, trabajareis como si nada ocurriese, no intentéis poneros en contacto con el exterior. Todo acabará a primera hora de la mañana.
Les explicó que otro comando paralelo atracaría un banco en cuanto este abriese sus puertas, lo harían sin armas, fiándolo todo a los rehenes que mantenía el primer comando. Una vez tuviesen el dinero en su poder se dirigirían al hospital y manteniendo un último rehén, huirían en el helicóptero del 061.
Si todo salía bien y nadie perdía los nervios sería un trabajo limpio y productivo.
Esa noche fue muy larga y especial, nadie llamó a los celadores y los médicos de guardia se la pasaron entera dando cabezadas delante de los monitores, cada uno en una sala.
El cabecilla paseaba constantemente de un lado a otro de la unidad controlándolo todo, relevando a sus pupilos y acompañando a los rehenes que deseaban ir al baño.
Los demás se distribuyeron por sectores, uno en polivalentes, otro en coronarias, otro en el curtito donde se preparaban las comidas vigilaba la entrada al pasillo y la puerta que daba al ascensor de urgencias y el último controlaba la entrad a la unidad desde el pasillo de la moncloa y a medida que llegaba la gente de la mañana los encerraba en ella, de tal manera que unos iban sustituyendo a otros, esa mañana entraba el turno azul. Los que trabajaron esa noche y el equipo médico fueron llenándola poco a poco.
Solo las empleadas que tiene otro horario y al darse cuenta de la situación se escondieron y Diego por llegar tarde consiguieron escapar.
En al moncloa la situación era caótica, los médicos, encabezados por el doctor Jareño, protestaban y protestaban, Ana, la secretaria, los maldecía una y otra vez–criminales, terroristas- y los salientes de la noche trataban de dormir apoyando la cabeza sobre la mesa, Joaquín “el malo” y Juan Crespo dormían en los sillones.
A Ana Rubiales ni se le pasaba por la cabeza poder dar una cabezadita, pensaba que si se dormía ahora nunca más vería la luz del día. No podía más, toda la noche en tensión, amenazada, agarraba las manos de Inma, hacía tiempo que necesitaba ir al baño pero no se atrevía a decirlo. Inma se dio cuenta y lo pidió por ella.
-Venga vamos, acércate al baño pero sin tonterías que te estoy vigilando.
Entró y allí aprovechó para llorar a moco tendido, quizás eso le hizo tranquilizarse un poco y al salir parecía más serena y segura de si misma.
Justo en ese instante algo debió ocurrir fuera, en el pasillo, se escuchó primero a alguien silbando y después un portazo. Su carcelero le ordenó que volviese a la moncloa y salió corriendo a mirar por la puerta del pasillo, la que esta justo al lado de la secretaria. Ana no lo pensó, ahora o nunca, y salió corriendo, torció a la derecha, otra vez ala derecha pasando por delante de la salita, aceleró corriendo como nunca había corrido, el corazón, como un potro desbocado parecía querer salir de su pecho, llegó a la altura de la salita de urgencias y volvió a girar a la derecha. Esperaba encontrarse de nuevo con su carcelero pero ya no estaba allí, por un momento se creyó libre, la salida estaba a unos pocos metros pero alguien gritó a su espalda:
-¡He, alto o disparo!
Era el que vigilaba el pasillo de las visitas, que también se había asomado a ver que pasaba.
A Ana el aire no le llegaba a los pulmones, jadeaba y las piernas, que antes la llevaban en volandas, ahora casi no podían sostenerla.
-Acércate, ponte cara a la pared.
Obedeció sin rechistar, los fríos baldosines calmaron el calor que enrojecía su rostro.
-¿Dónde crees que vas rubia? Parece que tienes prisa, quédate conmigo estoy muy solo en aquella esquina, ¿por qué no vienes a hacerme compañía? Yo se como calmarte, te dejaría como nueva. Creo que debería cachearte, no sea que vayas armada, alo mejor llevas algo escondido en los bolsillos del pijama.
En el cuartito de las empleadas lo escuchando todo y Carmen se estaba envenenando.
-Será cabrón, el muy canalla, como le ponga la mano encima salgo y le corto los huevos, ¿tu que dices Diego?
-Bueno, no se.
En ese momento Ana sollozó.
-Pepa, coge la fregona y sígueme, Diego calzonazos a la de tres abres la puerta, una, dos y tres.
Carmen y Pepa salieron como dos posesas fregona en mano y se lanzaron sobre el canalla, que en ese momento acariciaba el pelo de Ana, no llegó a darse cuente de lo que le venía encima. Primero le golpeó Carmen en la cabeza, haciéndole caer al suelo y allí lo remató Pepa con un certero fregonazo. Entre Diego y Carmen lo arrastraron hasta el cuartito mientras Pepa consolaba a Ana.
El que vigilaba la moncloa debió oír algo y regresó para asomarse otra vez al pasillo de entrada, entre tantas idas y venidas no echaría en falta a la persona que le faltaba.
Al oírlo, ya no pudieron escapar y sigilosamente fueron a esconderse en la salita del café.
-Menos mal, por fin podremos tomarnos un cafelito, dijo Pepa.
-Si para cafelito estoy yo, respondió Ana, lo que necesito es una tila doble, hay mamaíta que ratito más malo.
Mientras en la moncloa, el vigilante ordenó a Jareño que entrase en la sala para avisar a su jefe, quería que se diese una vuelta por esa parte de la unidad, demasiados ruidos extraños.
-No intentes nada, si de verdad eres el jefe no pongas en peligro a tu personal, limítate a darle mi mensaje.
-Esta bien, pero una vez dentro daré una vuelta, quiero animar a los que están trabajando y asegurarme que los pacientes se encuentran bien.
-Para eso pídele permiso a mi jefe, venga espabila.
Jareño entró, pero no dio el mensaje, le dijo al cabecilla que todo estaba en calma y ya que era el jefe creía conveniente hablar con el personal para tratar de que se mantuvieran tranquilos, sería mejor para todos.
Carmen Martos no tenía ni hambre, Pepi Ramos y Charo Jaime no tenían ganas ni de fumar, Matas tenía los niveles por los suelos pero si tenía ganas, Almazán y Chari se cruzaban y no se decían ni pío, Pepa Puerto cruzaba a grandes pasos la sala con una mirada asesina.
Manoli, la celadora, trató de entablar conversación con los secuestradores, su compañero Juan intentaba, en vano de impedírselo.
-Oye, ¿vosotros sois de ETA? Porque no tenéis pinta de ser vascos, más bien parecéis sevillanos, ¿tu no serás el hermano de un celador que trabaja en rayos del Rocío? Te pareces mucho.
Jareño habló con unos y con otros, todos estaban nerviosos, deseando que todo acabase de una vez, al pasar por las puertas de los vertederos las cerró mientras meneaba la cabeza masticando una regañina.
El cabecilla lo vio y le llamó la atención:
-He tú, ¿qué crees que está haciendo, quien te ha dado permiso para cerrar puertas? ahora soy yo el que manda aquí. Ciérralas inmediatamente o te arranco el bigote.
Y Jareño las cerró, pero esta vez ya no era una regañina lo que masticaba, deseaba venganza y tenía un plan.
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Tomaron café, tila y se fumaron varios cigarrillos mientras decidían que hacer, sabían que en cualquier momento serían descubiertos, no podían salir por donde se debe salir, así que decidieron hacerlo por la puerta de la terraza. Pensaron que si faltaba el que vigilaba ese pasillo, podrían llegar a su meta arrastrándose por el suelo, no los pueden ver desde las salas.
Despacito y sin hacer ruido llegaron hasta el recodo de la habitación 16-17 de coronarias, a partir de ese punto se arrastrarían hasta la terraza, pero una voz les alarmó y se refugiaron en el cuartito de la nevera. El que vigilaba las coronarias quería entablar conversación con su compañero.
-Julián, Julián ¿estas hay? ¿A que no sabes que es lo que he visto en el despachito del supervisor? Ja, ja, un cartelito del merengue justiciero, ja, ja, ja, parece ser que el súper es del Barsa, será mamarracho, como me entere quien es le vamos a cantar el himno de Madrid, ven a verlo que yo te relevo.
Diego cambió de color varias veces y terminó diciendo:
-Pepa, dame tu fregona.
Otro secuestrador probó el jarabe de fregona, ni el mejor Dórmicum conseguía un efecto tan sedante.
Mientras en polivalentes Jareño daba instrucciones sin que nadie se diese cuenta, como si tratase a los pacientes, ordenó a Juan de Dios y a Elo que cargasen jeringas con Norcurón.
-Juan, cuando te avise le inyectas diez miligramos al que está de pié junto al cuarto de la medicación oral.
-¿Cómo, donde se lo inyecto?
-¿No querrás que le cojamos una vía? méteselo por donde puedas, en el culo, en un brazo, pero tiene que entrarle todo.
-Pero y el otro, se va a mosquear.
-Déjamelo a mi, yo me encargo. Elo tu eres la segunda opción, mantente cerca de Juan por si algo falla. Vamos a hacerlo así...................
Juan se acercó a su víctima, fingiría entrar a coger algo y le pincharía por detrás. Elo caminaba cerca de él y Jareño examinaba distraídamente radiografías en el mediato megatoscopio. Cuando vio su oportunidad Juan pinchó e inyectó el Norcurón al secuestrador en un brazo, este aulló echándose la mano a donde le dolía y a los pocos segundos cayó al suelo sin sentido, pronto acudió, muy enfadado el cabecilla.
-¿Qué pasa, apartaos, apartaos?¿Qué le habéis hecho?
-Nada, no le hemos hecho nada, en mi opinión se trata de un infarto, si os habéis fijado se ha echado mano al hombro y creo que está muy mal, si no intervenimos pronto morirá.
-¿Morir? no puede morir, ahora no, doctor haga algo.
-De acuerdo, venga los celadores, tenemos que pasarlo a una cama, la uno está libre, preparad un tubo y una vía, rápido.
A los pocos segundos todo estaba controlado, pero eso no lo sabía el cabecilla y Jareño seguía pidiendo más y más cosas, hasta que por fin llegó lo que tanto deseaba.
-Lo estamos perdiendo, traed el desfibrilador.
Y cuando lo tuvo en sus manos todo el mundo se apartó, todos menos el secuestrador jefe que permanecía ignorante junto a su compañero. Los ojos de Jareño cobraron un brillo especial, una sonrisa de Gioconda malévola se dibujó en su rostro y entonces, cuando parecía que iba a aplicar varios cientos de julios al secuestrador encamado giró cuarentaicinco grados y rumiando entre dientes – conque me vas a arrancar el bigote eh- descargó toda la carga sobre el pecho del otro.
-Venga, otra cama, otra vía y otro tubo, estamos que lo tiramos señores, Ja, Ja, Ja, Ja, Ja.
Diego y su grupo andaban a mitad de su camino, más o menos por la cama nueve y al oír tantas risas y vivas se detuvieron y asomaron la cabeza para mirar, al ver lo ocurrido se acercaron a sus compañeros.
Ya solo quedaba uno, pero este bien atrincherado en la moncloa podía ser peligroso y tenía muchos rehenes, tenían que pensar algo. Si llamaban a la policía este, quizás por miedo, se valdría de sus rehenes para escapar y los pondrían en peligro.
Lo más necesario era ponerse en contacto con ellos, ¿pero como?.
Quintero, que durante todo este tiempo había estado sentado delante del ordenador, se levantó y preguntó:
-¿Se puede saber qué está pasando aquí, por que armáis tanto jaleo? se van mosquear los secuestradores.
-Los secuestradores que había en polivalentes ya están controlados, solo falta del ingreso, ahora sólo queda el de la Moncloa, pero no sabemos cómo ponernos en contacto con nuestro compañero sin ponerlo en peligro.
-Eso no es problema, podemos hacerlo a través del monitor-dijo Quintero-
-¿Pero cómo?
-Muy fácil, en lugar de ponerle un hombre un enfermo, le mandamos el mensaje, hacemos sonar una alarma y esperaremos que algún médico espabilado mire el monitor y se de cuenta.
Y así lo hicieron, pero en la Moncloa nadie parecía prestar atención a a las alarmas.
Por fin, al cabo de unos minutos el doctor Zarallo, que dormitaba delante del monitor leyó el mensaje, que decía:
-" Estamos todos libres, sólo queda vuestro secuestrador, uno de nosotros irá por la terraza y tirará chínitas a una ventana, cuando se asome tendréis que reducirlo, suerte ".
Todo sucedió tal y como se había planeado, cuando todo se vieron libres y fuera de peligro estalló la alegría, Juan Crespo y Joaquín "el malo " por fin despertaron, se avisó a la policía que esperó al segundo comando en el helicóptero con las esposas abiertas.


