sábado, septiembre 18, 2004

FIEBRE

Dentro está el hueso Cuando tengo fiebre sueño que cojo entre mis dedos índice y pulgar un hueso de aceituna, al principio me parece enorme, inabarcable, de tal manera que tengo que estirar ambos dedos para sujetarlo, pero cuando al fin lo he conseguido no es sino un hueso pequeñito, tan pequeñito que las yemas de los dedos, al apretarlo, se llegan a rozar como si entre ellas sostuviesen un grano de arena. Una y otra vez suelto y aprieto consecutivamente y siempre pasa lo mismo, grande y pequeño, grande cuando intento cojerlo, pequeño cuando ya está en mi poder
Entonces me lo acerco a la cara, lo miro y veo que soy yo mismo.

sábado, septiembre 11, 2004

LORENA



Propuesta 22. (Las Pasiones)

TANATORIO.

Marcos está sentado en un sillón individual, inclinado sobre una baja mesa pintada de color negro. Su cabeza cuelga inerte, como la de un titere abandonado, que no es abarcado por la mano que le da vida. Entre sus manos se sostiene arrugado un papel con un mensaje. A su lado, familiares y amistades ocupan otros asientos contiguos. Nadie se dirige a nadie, y sólo rompe el silencio atroz algún llanto fugado que retruena por entre las baldosas brillantes del suelo de esa amplia sala. Frente a ellos, frente a todos ellos, tras un cristal a modo de escaparate, reside quieta la figura de Lorena. Ella yace sobre el forro inmaculado -blanco y brillante, como el traje de una novia- del ataúd que la alberga.
Marcos ya no llora.
Su corazón y su alma se han secado ya.
Es un quince de noviembre, frio y húmedo. Ella viste un traje acorde con el día: una larga bata de seda gris que estiliza y dulcifica su pálida figura.
Entre sus manos trenzadas, más abajo de la uñas que todavía crecen en silencio, brilla el recien estrenado anillo, que a una semana de su concesión ha perdido valía.
En un dia gris de noviembre, una semana después de su boda, Marcos gesta en su estómago un puño de locura desgarradora, y a la vez, ante ella -su esposa-, siente que el escaparate de ataúdes utiliza sin su autorización a su Lorena como modelo.


EL PESO DEL PESAME.

Es como un reiterado recordatorio: como una intermitente pero continua punción que te recuerda que sufres una dolorosa herida; como clavar un grueso clavo en una tabla de la cubierta de un barco, y rematarlo con un pesado escondecabezas, precisamente para eso; para que se hunda, y así, la punta de éste alcance más, y penetre, y pinche más. Y, de esa manera: duela más.
Esa misma tarde entierran a Lorena. Marcos sigue cabizbajo. La tarde es mas fría que la mañana, y mucho más gris.
Sus ojos pesan como dos globos llenos de agua, y apenas puede levantar la mirada para recibir cada uno de los pésames que le dan.Sus manos están en los bolsillos de su pantalón, una de ellas apenas reacciona al roce de las llaves, pero la otra -su derecha- sigue albergando aquel pequeño pedazo de papel.
Este lo ha encontrado Marcos esa misma mañana en uno de los bolsillos de su bata recién limpia. Lorena se lo había metido la noche anterior para que él se llevara algo de ella a la consulta, para que la recordara y que no olvidara (aunque esto era un imposible) que ella le amaba.

LOCURA

El hermano de Lorena -Darío- le ha llevado a casa. Él siempre había entendido como un bulo aquello de que a los parientes cercanos a algún difunto, a los que les sobreviene de manera insoportable la noticia de una muerte, se les seda con medicamentos para que no sufran una crisis nerviosa. Darío, pese a su hondo dolor, no ha necesitado tranquilizantes alguno, pero ha sido testigo de como dos doctores -compañeros de Marcos- le han inyectado a éste más de una dosis de droga. Después de dejarlo en el portal de casa, observando que, pese al efecto de la droga, Marcos se desenvolvía bien, se ha marchado a su casa. Marcos ha subido y ha bebido agua.
Marcos luce unos tejanos nuevos y una camisa que aún no se ha vuelto gris. Se ha quitado el abrigo negro y se ha sentado en el salón, sin encender ninguna luz, y después de un largo rato de semiinconsciencia se ha levantado y se ha dirigido a la habitación de los trastos. En ella se encuentran todo tipo de pertenencias suyas y de Lorena que todavía están por ubicar en el nuevo piso. Él se abre camino ansiosamente entre cajas de cartón y un sinfín de cachivaches, tarda en encontrarlo pero al final da con su más preciado tesoro: su caja metalica de puros, en donde guarda cada uno de los escritos de Lorena: una colección de cartas y de notas que se remontan al tiempo -años ha- en que se conocieron.
Del bolsillo de su pantalón extrae la nota que le ha acompañado durante todo el día. Antes, durante su noviazgo, ella le deslizaba esas notas por las noches, las metias en el bolsillo del pantalón mientras jugaban a besarse en el portal de Lorena, para que él las encontrara luego, al llegar a casa y meter la mano en el bolsillo para sacar sus llaves o al desnudarse para ponerse el pijama. La nota que ahora guardaba Marcos en su caja era la primera que había escrito ella para él viviendo como matrimonio.
Del interior de la caja sacó viejas cartas para escoger una de entre ellas, era una carta larga en la que Lorena le contaba muchos de sus sentimientos. Algunas palabras estaban medio borradas porque Marcos había permitido que sus lágrimas cayeran sobre el papel y corrieran la tinta, pero no importaba: esas palabras se las sabía de memoria. En esa carta Lorena le confesaba que estaba embarazada, y que aunque aún no estuvieran casados, ella se sentía la mujer más feliz del mundo.
Marcos recoge las cartas y las introduce de nuevo en su caja de metal. Vuelve al salón, y con la única luz que entra por la medio entornada persiana, se sirve una copa de licor que bebe en un solo trago. Se vuelve a poner el abrigo, se vuelve a servir otra copa, y se sienta en un sillón; él, y su puña de locura que crece en su interior.


"Cuando he llegado al quirófano, apresurado por la urgencia de que mi Lorena estaba ya dando a luz -tres meses antes, y con serios
problemas-, no esperaba encontrarme aquella postal, aquella foto amarga que ha resultado ser su imagen. Supongo que aún así, pese
a todo he tenido suerte, y lo que he visto, lo que visto de mi Lorena ha sido lo más decoroso para mi vista, lo más pulcro de su adiós;
pues momentos antes, apenas quince minutos antes de mi llegada, su bajo vientre y sus piernas habían sido empañados violentamente
con el rojo de su sangre y los desperdicios de su útero y de nuestro hijo.
No he llegado a verle, no he llegado a conocerlo. Su anonimato me ayuda a no odiarlo.
Era, sin duda, una cara amorfa, la cara de un asesino inocente; de un ladrón de vidas."


Entre los cachivaches del piso, recoge una linterna y un estuche de destornilladores -los del mando amarillo- y los mete, junto con su caja de puros, en una bolsa de plastico, da un portazo dejándose dentro sus llaves, y se lanza a la calle.



INMUNIDAD.

Marcos anda inmune. Camina: quiero decir, transita las calles sin la menor sensación de peso social, sin que ningún tipo de mirada exterior le pueda alcanzar. El efecto de la doble dosis ya ha desaparecido por completo, y ahora, circula y se maneja invadido por un sentimiento de alivio, un sentimiento hondo, tibio y nublado. Anochece y enfría, pero junto a su alivio, una indolencia invisible lo arropa y lo vuelve también inmune a las hostilidades físicas.
Quizá su caja llena de cartas, ese joyero que sostiene mientras anda, lo ampare y le otorgue esa distensión. Está inmune -repito-: inmune a las miradas ajenas como he dicho, pero también inmune a los prejuicios, inmune a los reflejos que su cuerpo muestra en los cristales de los portales y escaparates, inmune a que su mirada se desvíe hacia cualquier vislumbre que en otro momento hubiera llamado su atención; inmune a mirar lo bien vestido que va tal o cual, inmune al deseo repentino y travieso de averiguar si bajo la falda de ese o aquel trasero viste o no un tanga, inmune a que las mirada -reales o inventadas- le digan que lleva la camina dos centimetros demasiado por fuera de la cintura; inmune. Inmune a todo. Porque todo, lo que es todo, ya no es nada: es pura mierda; y lo que es mierda, que es nada, para él es todo.


EL CEMENTERIO.

La ciudad queda atrás, y con ella los escaparates donde Marcos siempre se había mirado al andar. El camino al cementerio resultaría largo. Pero ahora, además, resulta ansioso. ( ¿ Puede un camino resultar ansioso? ¿Alguna vez has caminado por el sendero que lleva hacia un cementerio buscando a tu Lorena? ¿Has conocido a tu Lorena?).
Saltar la valla no es engorro para alguien inmune. Cortarse, adolecerse, magullarse; incluso mutilarse, no es real para alguien inmune. Los vidrios ensamblados en el canto de los muros, vidrios verdes de botellas baratas de vino rojo, que intentan guardar con sus cuchillas circunstanciales la paz de los no vivos, no son más que puntos de apoyo para Marcos. El Marcos de la inmunidad total.
La luna llena juega al escondite, por entre los nubarrones que invaden el cielo. Con la linterna encendida, ya en la oscuridad del cementerio, Marcos avanza decidido, a sabiendas que nadie le va a sorprender. La bolsa de plastico se ensucia con la sangre que gotea de su mano, y de su rodilla, un jirón de tela danza con el andar; y en su interior, sin que él recaiga en ello, otro jirón de carne cuelga sangriento. Al llegar ante la pared en la que pende la losa de su mujer, deposita en el suelo la bolsa de plastico y saca la caja de puros y el estuche de destornilladores amarillos. La losa está a menos de un metro de altura, sobre la de otro difunto.
Como el sediento que descorcha una botella de vino, o como el yonqui orangutanado, que desempapela un forro de papel de aluminio; o como el inmune de corazón desgarrado, al que la verqüenza no tiene ningún significado, Marcos rasga la pared con la punta del destornillador más grueso, hasta destapar - no sin un gran esfuerzo- la losa de su amada Lorena.
Con la ayuda de una papelera de metal, que ha arrancado de su poste, destroza a golpes la fina pared de ladrillos y cemento tierno que encierran el ataúd. Extrae con vigor, y con sangre en ambas manos, el féretro de su pareja. Éste queda apoyado con los pies en el suelo y la cabeza en el canto del nicho.
Marcos enfoca la junta de la tapa del ataúd, y con sumo cuidado abre aquella pesada puerta.
Lorena apenas ha cambiado su aspecto, sigue siendo la misma que el modelo del escaparate, pero ahora es sólo para él. La extrae, igual que un principe extraería a una bella durmiente y la apoya en el suelo, junto a la caja de puros y el estuche de destornilladores.
La ilumina de arriba abajo, le coloca bien sus brazos -uno en su regazo y otro estirado hacia un lado-; la mira, y la remira..., hasta que acaba yaciendo junto a ella, acariciándola y manteniéndola , olisqueándola y besándola. Tras un rato de jadeos espasmódicos, Marcos nota en su estomago ese puño de locura que lleva gestando durante todo el día. Éste ha crecido y golpea con fuerza sus interiores, mostrándole, irrefrenable y agresivo, su deseo de salir.
Marcos se levanta y queda de rodillas junto a Lorena, entonces agarra con fuerza el destornillador grueso, cuya punta está desportillada de haber rascado la pared. Mira al cielo, busca con una mirada triste y veloz a la luna que se ha ido, y entonces blande con ambas manos el arma y apunta hacia su cuello.
Embiste hacia él y lo perfora, hurgándolo a continuación con fuerza, formando circulos amarillos con el puño de la herramienta.
Cuando la punta resquebrajada perfora la aorta, un estallido de sangre escupe el cuerpo de Lorena. Durante segundos, Marcos puede seguir forcejeando en pos a atravesarse el cuello, pero luego se entrega y cae, con el destornillador todavía clavado, sobre el regazo de ella.
De su boca también mana abundante sangre, y la bata gris de Lorena se va oscureciendo a medida que Marcos se desangra. Los ojos de él miran su caja de metal. En un último suspiro, Marcos estira un brazo alargando sus dedos, agarra su joyero metálico y lo arrastra, hacia los dos.




PEPI. S.